domingo, 30 de octubre de 2016

Enfermedad y síntoma.

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Vivimos en una época en la que la medicina continuamente ofrece al asombrado profano nuevas soluciones, fruto de unas posibilidades que rayan en lo milagroso.

Pero, al mismo tiempo, se hacen más audibles las voces de desconfianza hacia esta casi omnipotente medicina moderna. Es cada día mayor el número de los que confían más en los métodos, antiguos o modernos, de la medicina naturista o de la medicina homeopática, que en la archicientífica medicina académica. No faltan los motivos de crítica —efectos secundarios, mutación de los síntomas, falta de humanidad, costes exorbitantes y otros muchos— pero más interesante que los motivos de crítica es la existencia de la crítica en sí, ya que, antes de concretarse racionalmente, la crítica responde a un sentimiento difuso de que algo falla y que el camino emprendido, a pesar de que la acción se desarrolla de forma consecuente, o precisamente a causa de ello, no conduce al objetivo deseado. Esta inquietud es común a muchas personas, entre ellas no pocos médicos jóvenes.

De todos modos, la unanimidad se rompe cuando de proponer alternativas se trata. Para unos la solución está en la socialización de la medicina, para otros, en la sustitución de la quimioterapia por remedios naturales y vegetales. Mientras unos ven la solución de todos los problemas en la investigación de las radiaciones telúricas, otros propugnan la homeopatía. Los acupuntores y los investigadores de los focos abogan por desplazar la atención del plano morfológico al plano energético de la fisiología. Si contemplamos en su conjunto todos los esfuerzos y métodos extraacadémicos, observamos, además de una gran receptividad para toda la diversidad de métodos, el afán de considerar al ser humano en su totalidad como ente físico–psíquico. Ya para nadie es un secreto que la medicina académica ha perdido de vista al ser humano. La superespecialización y el análisis son los conceptos fundamentales en los que se basa la investigación, pero estos métodos, al tiempo que proporcionan un conocimiento del detalle más minucioso y preciso, hacen que el todo se diluya.

Si prestamos atención al animado debate que se mantiene en el mundo de la medicina, observamos que, generalmente, se discute de los métodos y de su funcionamiento y que, hasta ahora, se ha hablado muy poco de la teoría o filosofía de la medicina.
 Si bien es cierto que la medicina se sirve en gran medida de operaciones concretas y prácticas, en cada una de ellas se expresa —deliberada o inconscientemente— la filosofía determinante. La medicina moderna no falla por falta de posibilidades de actuación sino por el concepto sobre el que —a menudo implícita e irreflexivamente— basa su actuación. La medicina falla por su filosofía o, más exactamente, por su falta de filosofía. Hasta ahora, la actuación de la medicina responde sólo a criterios de funcionalidad y eficacia; la falta de un fondo le ha valido el calificativo de «inhumana». Si bien esta inhumanidad se manifiesta en muchas situaciones concretas y externas, no es un defecto que pueda remediarse con simples modificaciones funcionales. Muchos síntomas indican que la medicina está enferma.

Y tampoco esta «paciente» puede curarse a base de tratar los síntomas. Sin embargo, la mayoría de críticos de la medicina académica y propagandistas de formas de curación alternativas asumen automáticamente el criterio de la medicina académica y concentran todas sus energías en la modificación de las formas (métodos).

Nos proponemos ocuparnos del problema de la enfermedad y la curación. Pero nosotros no nos atenemos a los valores consabidos y que todos consideran indispensables. Desde luego, ello hace nuestro propósito difícil y peligroso, ya que comporta indagar sin escrúpulos en terreno considerado vedado por la colectividad. Somos conscientes de que el paso que damos no será el que vaya a dar la medicina en su desarrollo. Nosotros, con nuestro planteamiento, nos saltamos muchos de los pasos que ahora aguardan a la medicina, la perfecta comprensión de los cuales ha de dar la perspectiva necesaria para asumir el concepto que se presenta. Por ello, con esta exposición no pretendemos contribuir al desarrollo de la medicina en general sino que nos dirigimos a esos individuos cuya visión personal se anticipa un poco al (un tanto premioso) ritmo general.

Los procesos funcionales nunca tienen significado en sí. El significado de un hecho se nos revela por la interpretación que le atribuimos. Por ejemplo, la subida de una columna de mercurio en un tubo de cristal carece de significado hasta que interpretamos este hecho como manifestación de un cambio de temperatura. Cuando las personas dejan de interpretar los hechos que ocurren en el mundo y el curso de su propio destino, su existencia se disipa en la incoherencia y el absurdo. Para interpretar una cosa hace falta un marco de referencia que se encuentre fuera del plano en el que se manifiesta lo que se ha de interpretar. Por lo tanto, los procesos de este mundo material de las formas no pueden ser interpretados sin recurrir a un marco de referencia metafísico. Hasta que el mundo visible de las formas «se convierte en alegoría» (Goethe) no adquiere sentido y significado para el ser humano. Del mismo modo que la letra y el número son exponentes de una idea subyacente, todo lo visible, todo lo concreto y funcional es únicamente expresión de una idea y, por lo tanto, intermediario hacia lo invisible.

En síntesis podemos llamar a estos dos campos forma y contenido. En la forma se manifiesta el contenido que es el que da significado a la forma. Los signos de escritura que no transmiten ideas ni significado resultan tontos y vacíos. Y esto no lo cambiará el análisis de los signos, por minucioso que sea. Otro tanto ocurre en el arte. El valor de una pintura no reside en la calidad de la tela y los colores; los componentes materiales del cuadro son portadores y transmisores de una idea, una imagen interior del artista. El lienzo y el color permiten la visualización de lo invisible y son, por lo tanto, expresión física de un contenido metafísico.

Con estos sencillos ejemplos hemos intentado explicar el método que se sigue para la interpretación de los temas de enfermedad y curación. Nosotros abandonamos explícita y deliberadamente el terreno de la «medicina científica». Nosotros no tenemos pretensiones de «científicos», ya que nuestro punto de partida es muy distinto. La argumentación o la crítica científica no serán, pues, objeto de nuestra consideración. Nos apartamos deliberadamente del marco científico porque éste se limita precisamente al plano funcional y, por ello impide que se manifieste el significado. Esta exposición no se dirige a racionalistas y materialistas declarados, sino a aquellas personas que estén dispuestas a seguir los senderos tortuosos y no siempre lógicos de la mente humana. Serán buenos compañeros para este viaje por el alma humana un pensamiento ágil, imaginación, ironía y buen oído para los trasfondos del lenguaje. Nuestro empeño exige también tolerancia a las paradojas y la ambivalencia, y excluye la pretensión de alcanzar inmediatamente la unívoca iluminación, mediante la destrucción de una de las opciones.

Tanto en medicina como en el lenguaje popular se habla de las más diversas enfermedades. Esta inexactitud verbal indica claramente la universal incomprensión que sufre el concepto de enfermedad. La enfermedad es una palabra que sólo debería tener singular; decir enfermedades, en plural, es tan tonto como decir saludes. Enfermedad y salud son conceptos singulares, por cuanto que se refieren a un estado del ser humano y no a órganos o partes del cuerpo, como parece querer indicar el lenguaje habitual. El cuerpo nunca está enfermo ni sano ya que en él sólo se manifiestan las informaciones de la mente. El cuerpo no hace nada por sí mismo. Para comprobarlo, basta ver un cadáver. El cuerpo de una persona viva debe su funcionamiento precisamente a estas dos instancias inmateriales que solemos llamar conciencia (alma) y vida (espíritu). La conciencia emite la información que se manifiesta y se hace visible en el cuerpo. La conciencia es al cuerpo lo que un programa de radio al receptor.

Dado que la conciencia representa una cualidad inmaterial y propia, naturalmente, no es producto del cuerpo ni depende de la existencia de éste.

Lo que ocurre en el cuerpo de un ser viviente es expresión de una información o concreción de la imagen correspondiente (imagen en griego es eidolon y se refiere también al concepto de la «idea»). Cuando el pulso y el corazón siguen un ritmo determinado, la temperatura corporal mantiene un nivel constante, las glándulas segregan hormonas y en el organismo se forman anticuerpos. Estas funciones no pueden explicarse por la materia en sí, sino que dependen de una información concreta, cuyo punto de partida es la conciencia. Cuando las distintas funciones corporales se conjugan de un modo determinado se produce un modelo que nos parece armonioso y por ello lo llamamos salud. Si una de las funciones se perturba, la armonía del conjunto se rompe y entonces hablamos de enfermedad.

Enfermedad significa, pues, la pérdida de una armonía o, también, el trastorno de un orden hasta ahora equilibrado
(después veremos que, en realidad, contemplada desde otro punto de vista, la enfermedad es la instauración de un equilibrio). Ahora bien, la pérdida de armonía se produce en la conciencia, en el plano de la información, y en el cuerpo sólo se muestra. Por consiguiente, el cuerpo es vehículo de la manifestación o realización de todos los procesos y cambios que se producen en la conciencia. Así, si todo el mundo material no es sino el escenario en el que se plasma el juego de los arquetipos, con lo que se convierte en alegoría, también el cuerpo material es el escenario en el que se manifiestan las imágenes de la conciencia. Por lo tanto, si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia, ello se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma.

Por lo tanto, es un error afirmar que el cuerpo está enfermo —enfermo sólo puede estarlo el ser humano—, por más que el estado de enfermedad se manifieste en el cuerpo como síntoma. (¡En la representación de una tragedia, lo trágico no es el escenario sino la obra!)

Síntomas hay muchos, pero todos son expresión de un único e invariable proceso que llamamos enfermedad y que se produce siempre en la conciencia de una persona. Sin la conciencia, pues, el cuerpo no puede vivir ni puede «enfermar». Aquí conviene entender que nosotros no suscribimos la habitual división de las enfermedades en somáticas, psicosomáticas, psíquicas y espirituales. Esta clasificación sirve más para impedir la comprensión de la enfermedad que para facilitarla.

Nuestro planteamiento coincide en parte con el modelo psicosomático, aunque con la diferencia de que nosotros aplicamos esta visión a todos los síntomas sin excepción. La distinción entre «somático» y «psíquico» puede referirse, a lo sumo, al plano en el que el síntoma se manifiesta, pero no sirve para ubicar la enfermedad. El antiguo concepto de las enfermedades del espíritu es totalmente equívoco, dado que el espíritu nunca puede enfermar: se trata exclusivamente de síntomas que se manifiestan en el plano psíquico, es decir, en la conciencia del individuo.

Aquí trataremos de trazar un cuadro unitario de la enfermedad que, a lo sumo, sitúe la diferenciación «somático» / «psíquico» en el plano de la manifestación del síntoma que predomine en cada caso.


Con la diferenciación entre enfermedad (plano de la conciencia) y síntoma (plano corporal) nuestro examen se desplaza del análisis habitual de los procesos corporales hacia una contemplación hoy insólita del plano psíquico. Por lo tanto, actuamos como un crítico que no trata de mejorar una mala obra teatral analizando y cambiando los decorados, el atrezzo y los actores, sino que contempla la obra en sí.

Cuando en el cuerpo de una persona se manifiesta un síntoma, éste (más o menos) llama la atención interrumpiendo, con frecuencia bruscamente, la continuidad de la vida diaria. Un síntoma es una señal que atrae atención, interés y energía y, por lo tanto, impide la vida normal.
Un síntoma nos reclama atención, lo queramos o no. Esta interrupción que nos parece llegar de fuera nos produce una molestia y desde ese momento no tenemos más que un objetivo: eliminar la molestia. El ser humano no quiere ser molestado, y ello hace que empiece la lucha contra el síntoma. La lucha exige atención y dedicación: el síntoma siempre consigue que estemos pendientes de él.

Desde los tiempos de Hipócrates, la medicina académica ha tratado de convencer a los enfermos de que un síntoma es un hecho más o menos fortuito cuya causa debe buscarse en los procesos funcionales en los que tan afanosamente se investiga. La medicina académica evita cuidadosamente la interpretación del síntoma, con lo que destierra tanto al síntoma como a la enfermedad al ámbito de lo incongruente. Con ello, la señal pierde su auténtica función; los síntomas se convierten en señales incomprensibles.

Vamos a poner un ejemplo: un automóvil lleva varios indicadores luminosos que sólo se encienden cuando existe una grave anomalía en el funcionamiento del vehículo. Si, durante un viaje, se enciende uno de los indicadores, ello nos contraría. Nos sentimos obligados por la señal a interrumpir el viaje. Por más que nos moleste parar, comprendemos que sería una estupidez enfadarse con la lucecita; al fin y al cabo, nos está avisando de una perturbación que nosotros no podríamos descubrir con tanta rapidez, ya que se encuentra en una zona que nos es «inaccesible». Por lo tanto, nosotros interpretamos el aviso de la lucecita como recomendación de que llamemos a un mecánico que arregle lo que haya que arreglar para que la lucecita se apague y nosotros podamos seguir viaje. Pero nos indignaríamos, y con razón, si, para conseguir este objetivo, el mecánico se limitara a quitar la lámpara.

Desde luego, el indicador ya no estaría encendido –y eso es lo que nosotros queríamos–, pero el procedimiento utilizado para conseguirlo sería muy simplista. Lo procedente es eliminar la causa de que se encienda la señal, no quitar la bombilla. Pero para ello habrá que apartar la mirada de la señal y dirigirla a zonas más profundas, a fin de averiguar qué es lo que no funciona. La señal sólo quería avisarnos y hacer que nos preguntáramos qué ocurría.

Lo que en el ejemplo era el indicador luminoso, en nuestro tema es el síntoma. Aquello que en nuestro cuerpo se manifiesta como síntoma es la expresión visible de un proceso invisible y con su señal pretende interrumpir nuestro proceder habitual, avisarnos de una anomalía y obligarnos a hacer una indagación. También en este caso, es una estupidez enfadarse con el síntoma y, absurdo, tratar de suprimirlo impidiendo su manifestación. Lo que debemos eliminar no es el síntoma, sino la causa. Por consiguiente, si queremos descubrir qué es lo que nos señala el síntoma, tenemos que apartar la mirada de él y buscar más allá.

Pero la medicina académica es incapaz de dar este paso, y en esto radica su problema: se deja fascinar por los síntomas. Por ello, equipara síntomas y enfermedad, es decir, no puede separar la forma del contenido. Por ello, no se regatean los recursos de la técnica para tratar órganos y partes del cuerpo, mientras se descuida al individuo que está enfermo. Se trata de impedir que aparezcan los síntomas, sin considerar la viabilidad ni la racionalidad de este propósito. Asombra ver lo poco que el realismo consigue frenar la frenética carrera en pos de este objetivo. A fin de cuentas, desde la llegada de la llamada moderna medicina científica, el número de enfermos no ha disminuido ni en una fracción del uno por ciento. Ahora hay tantos enfermos como hubo siempre —aunque los síntomas sean otros—. Esta cruda verdad es disfrazada con estadísticas que se refieren sólo a unos grupos de síntomas determinados.

Por ejemplo, se pregona el triunfo sobre las enfermedades infecciosas, sin mencionar qué otros síntomas han aumentado en importancia y frecuencia durante el mismo período.

El estudio no será fiable hasta que, en vez de considerar los síntomas, se considere la «enfermedad en sí», y ésta ni ha disminuido ni parece que vaya a disminuir. La enfermedad arraiga en el ser tan hondo como la muerte y no se la puede eliminar con unas cuantas manipulaciones incongruentes y funcionales. Si el hombre comprendiera la grandeza y dignidad de la enfermedad y la muerte, vería lo ridículo del empeño de combatirla con sus fuerzas. Naturalmente, de semejante desengaño puede uno protegerse por el procedimiento de reducir la enfermedad y la muerte a simples funciones y así poder seguir creyendo en la propia grandeza y poder.

En suma, la enfermedad es un estado que indica que el individuo, en su conciencia, ha dejado de estar en orden o armonía. Esta pérdida del equilibrio interno se manifiesta en el cuerpo en forma de síntoma. El síntoma es, pues, señal y portador de información, ya que con su aparición interrumpe el ritmo de nuestra vida y nos obliga a estar pendientes de él. El síntoma nos señala que nosotros, como individuo, como ser dotado de alma, estamos enfermos, es decir, que hemos perdido el equilibrio de las fuerzas del alma. El síntoma nos informa de que algo falla. Denota un defecto, una falta. La conciencia ha reparado en que, para estar sanos, nos falta algo. Esta carencia se manifiesta en el cuerpo como síntoma. El síntoma es, pues, el aviso de que algo falta.

Cuando el individuo comprende la diferencia entre enfermedad y síntoma, su actitud básica y su relación con la enfermedad se modifican rápidamente.
Ya no considera el síntoma como su gran enemigo cuya destrucción debe ser su mayor objetivo sino que descubre en él a un aliado que puede ayudarle a encontrar lo que le falta y así vencer la enfermedad. Porque entonces el síntoma será como el maestro que nos ayude a atender a nuestro desarrollo y conocimiento, un maestro severo que será duro con nosotros si nos negamos a aprender la lección más importante. La enfermedad no tiene más que un fin: ayudarnos a subsanar nuestras «faltas» y hacernos sanos.

El síntoma puede decirnos qué es lo que nos falta —pero para entenderlo tenemos que aprender su lenguaje—. Decimos reaprender, ya que este lenguaje ha existido siempre, y por lo tanto, no se trata de inventarlo, sino, sencillamente, de recuperarlo. El lenguaje es psicosomático, es decir, sabe de la relación entre el cuerpo y la mente. Si conseguimos redescubrir esta ambivalencia del lenguaje, pronto podremos oír y entender lo que nos dicen los síntomas. Y nos dicen cosas más importantes que nuestros semejantes, ya que son compañeros más íntimos, nos pertenecen por entero y son los únicos que nos conocen de verdad.


Esto, desde luego, supone una sinceridad difícil de soportar. Nuestro mejor amigo nunca se atrevería a decirnos la verdad tan crudamente como nos la dicen siempre los síntomas. No es, pues, de extrañar que nosotros hayamos optado por olvidar el lenguaje de los síntomas. Y es que resulta más cómodo vivir engañado. Pero no por cerrar los ojos ni hacer oídos sordos conseguiremos que los síntomas desaparezcan. Siempre, de un modo o de otro, tenemos que andar a vueltas con ellos. Si nos atrevemos a prestarles atención y establecer comunicación, serán guías infalibles en el camino de la verdadera curación. Al decirnos lo que en realidad nos falta, al exponernos el tema que nosotros debemos asumir conscientemente, nos permiten conseguir que, por medio de procesos de aprendizaje y asimilación consciente, los síntomas en sí resulten superfluos.

Aquí está la diferencia entre combatir la enfermedad y transmutar la enfermedad. La curación se produce exclusivamente desde una enfermedad transmutada, nunca desde un síntoma derrotado, ya que la curación significa que el ser humano se hace más sano, más completo (con el aumentativo de completo, gramaticalmente incorrecto, se pretende indicar más próximo a la perfección; por cierto, tampoco sano admite aumentativo). Curación significa redención, aproximación a esa plenitud de la conciencia que también se llama iluminación. La curación se consigue incorporando lo que falta y, por lo tanto, no es posible sin una expansión de la conciencia. Enfermedad y curación son conceptos que pertenecen exclusivamente a la conciencia, por lo que no pueden aplicarse al cuerpo, pues un cuerpo no está enfermo ni sano. En él sólo se reflejan, en cada caso, estados de la conciencia.

Sólo en este contexto puede criticarse la medicina académica.
 La medicina académica habla de curación sin tomar en consideración este plano, el único en el que es posible la curación. No tenemos intención de criticar la actuación de la medicina en sí, siempre y cuando ésta no manifieste con ella la pretensión de curar. La medicina se limita a adoptar medidas puramente funcionales que, como tales, no son ni buenas ni malas sino intervenciones viables en el plano material. En este plano la medicina puede ser, incluso, asombrosamente buena; no se pueden condenar todos sus métodos en bloque; sí acaso, para uno mismo, nunca para otros. Aquí se plantea, pues, la disyuntiva de sí uno va a porfiar en el intento de cambiar el mundo por medidas funcionales o si ha comprendido que ello es vano empeño y, por lo que le atañe personalmente, desiste.

El que ha visto la trampa del juego no tiene por qué seguir jugando (... aunque nada se lo impedirá, desde luego), pero no tiene derecho a estropear la partida a los demás, porque, a fin de cuentas, también perseguir una ilusión nos hace avanzar.

Por lo tanto, se trata menos de lo que se hace que de tener conocimiento de lo que se hace. El que haya seguido nuestro razonamiento, observará que nuestra crítica se dirige tanto a la medicina natural como a la académica, pues también aquélla trata de conseguir la «curación» con medidas funcionales y habla de impedir la enfermedad y de llevar vida sana. La filosofía es, pues, la misma; sólo los métodos son un poco menos tóxicos y más naturales. (No hacemos referencia a la homeopatía que no se alinea ni con la medicina académica ni con la natural.)

El camino del individuo va de lo insano a lo sano, de la enfermedad a la salud y a la salvación. La enfermedad no es un obstáculo que se cruza en el camino, sino que la enfermedad en sí es el camino por el que el individuo va hacia la curación. Cuanto más conscientemente contemplemos el camino, mejor podrá cumplir su cometido. Nuestro propósito no es combatir la enfermedad, sino servirnos de ella; para conseguir esto tenemos que ampliar nuestro horizonte.


Extracto de LA ENFERMEDAD COMO CAMINO
THORWALD DETHLEFSEN y RUDIGER DAHLKE
Título original: Krankheit als Weg

lunes, 24 de octubre de 2016

¿Cómo Protegernos Frente a un Gran Tormenta Solar?

La posibilidad de que una tormenta solar de proporciones titánicas se suceda, es real, los daños causados en los sistemas eléctricos, nos dejaría en una situación muy complicada frente a la mera supervivencia, pero si se toman una serie de medidas adecuadas, simples y económicas, nuestras posibilidades de superar adecuadamente tal suceso, serán muy grandes. Son muchos los que han pedido a Mundo Desconocido que indique una serie de sencillas normas y víveres para poder sobrevivir correctamente. Para hablar de lo que necesitaremos, tenemos a Rafa Fernandez, con quién hablaremos de todo esto y alguna cuestión más como el próximo congreso que se celebrará en Jaén a finales de Noviembre.

domingo, 23 de octubre de 2016

Reinvéntate, deja de ser tú mismo. Fragmento de entrevista a Joe Dispenza


planosinfin.com
Sobre nosotros Carmen Guerrero
 
 
 
Reinvéntate, deja de ser tú mismo. Fragmento de entrevista a Joe Dispenza

Joe Dispenza: He  entrevistado  a  cientos de personas que  han  sido diagnosticadas con enfermedades –tumores malignos y benignos, enfermedades cardíacas, diabetes, alteraciones respiratorias, hipertensión arterial, colesterol alto, dolores musculoesqueléticos, raras alteraciones genéticas para las que la ciencia médica no tiene solución…–, pero cuyo cuerpo se ha regenerado por sí solo sin la ayuda de una intervención médica convencional, como la cirugía o los fármacos.
Observé que una de las causas principales de esas remisiones espontáneas era que habían cambiado su forma de pensar, así que volví a la universidad e hice la carrera de neurociencias para poder explicar qué es lo que ocurría. Cuando afirmo que nuestros pensamientos se convierten literalmente en materia, me baso en la más pura vanguardia científica. Básicamente, esos individuos cambiaron la arquitectura neurológica de su cerebro.
Todas esas personas que tenían una remisión espontánea compartían cuatro cualidades específicas.
-Lo primero es que todas aceptaron, creyeron y entendieron que había una inteligencia superior dentro de ellos, da igual si la calificaban de divina, espiritual o subconsciente.
-Lo segundo es que todas aceptaron que fueron sus propios pensamientos y sus propias reacciones las que crearon su enfermedad, y puedo hablar y citar estudios sobre cualquiera de estos temas durante media hora. Hay un floreciente campo científico llamado psiconeuroinmunología que demuestra la conexión existente entre la mente y el cuerpo.
-La tercera característica común es que cada persona decidió reinventarse a sí misma para llegar a ser otro, y los estudios actuales en neurociencias muestran que esto es totalmente posible.
-Por último, tenían en común que durante el período en que intentaban meditar o imaginar en qué querían convertirse, hubo tiempos largos en que perdieron la noción del tiempo y el espacio.
 
El lóbulo frontal representa un 40% ciento de la totalidad del cerebro, y cuando estamos de verdad concentrados o focalizados, el lóbulo frontal actúa como un control de volumen. Como tiene conexiones con todas las demás partes del cerebro, puedo rebajar el volumen del tiempo y del espacio. En otras palabras, los circuitos que tienen que ver con mover tu cuerpo, sentirlo, percibir lo que hay fuera y percibir el tiempo pasan a un segundo plano, y el pensamiento se convierte en la experiencia en sí, es más real que cualquier otra cosa. De este modo el lóbulo frontal elimina todo lo que no es prioritario para focalizarse en un único pensamiento, y es en ese momento en que el cerebro rehace su cableado.
Aquello en lo que pensamos y en lo que concentramos nuestra atención con más frecuencia es lo que nos define a escala neurológica.
Un reciente estudio demuestra que las grandes ideas surgen cuando uno está relajado, pensando en otras cosas.
Podemos cambiar nuestra mentalidad. Al crear nuevos cableados y fortalecerlos con nuestro pensamiento, dándoles prioridad, los que no utilizamos tienden a desaparecer.
El cerebro no puede cambiar el cerebro porque es sólo un órgano, y la mente no puede cambiar el cerebro porque es un producto del cerebro. Así que tiene que existir algo que está operando en el cerebro para que cambie la mentalidad.
Es la ciencia la que nos permite explicar que efectivamente tenemos control sobre nuestra mente y nuestro cerebro, es decir, que no somos un efecto de nuestros procesos biológicos sino una causa.
Básicamente, más allá de mis estudios sobre las remisiones espontáneas de enfermedades, lo que intento transmitirle es que nuestros pensamientos provocan reacciones químicas que nos llevan a la adicción de comportamientos y sensaciones y que cuando aprendemos cómo se crean esos malos hábitos, no sólo podemos romperlos, sino también reprogramar y desarrollar nuestro cerebro para que aparezcan en nuestra vida comportamientos nuevos.
La investigación científica de vanguardia está mostrando que la genética tiene la misma plasticidad que el cerebro. Los genes son como interruptores, y es el estado químico en que vivimos el que hace que algunos estén encendidos y otros apagados. Se ha realizado un estudio muy interesante en Japón con enfermos dependientes de la insulina tipo dos que mostraba cómo los enfermos sometidos a programas de comedia normalizaban su nivel de azúcar en sangre sin necesidad de insulina. Veinticuatro genes activados sólo por el hecho de reírse. Los genes son igual de plásticos que nuestro tejido neuronal.
Si tienes un pensamiento de infelicidad, al cabo de unos segundos te sientes infeliz. El problema es que en el momento en que empezamos a sentir de la manera en que pensamos, empezamos a pensar de la manera en que nos sentimos, y eso produce aún más química.
Sí, y así se crea lo que llamamos el estado de ser. La repetición de estas señales hace que algunos genes estén activados y otros apagados. Memorizamos este estado como nuestra personalidad, así que la persona dice: “Soy una persona infeliz, negativa, o llena de culpa”, pero en realidad lo único que ha hecho es memorizar su continuidad química y definirse como tal. Nuestro organismo se acostumbra al nivel de sustancias químicas que circulan por nuestro torrente sanguíneo, rodean nuestras células o inundan nuestro cerebro. Cualquier perturbación en la composición química constante, regular y confortable de nuestro cuerpo dará como resultado un malestar.
El principio de la neurociencia es que si las células neuronales se activan conjuntamente, se entrelazan creando una conexión más permanente. Una persona ante una situación, por nueva que sea, recurre a esa conexión, es decir, repite el mismo pensamiento una y otra vez y da las mismas respuestas, su cerebro no cambia, vive con la misma mente cada día.
Es buena idea examinar constantemente qué podemos cambiar dentro de nosotros. Si cada mañana nos planteáramos cuál es la mejor idea que podemos tener de nosotros mismos, tendríamos otro tipo de mundo.
La mayoría de las personas cree que las emociones son reales. Las emociones y los sentimientos son el producto final, el resultado de nuestras experiencias. Si no hay experiencias nuevas o vividas de otra manera, vivimos siempre en la actualización de sentimientos pasados. Se trata del mismo proceso químico vez tras vez. Una pregunta que ayudaría a cambiarnos es: ¿qué sentimiento tengo cada día que me sirve de excusa para no cambiar? Si las personas empiezan a decirse: yo puedo eliminar la culpa, la vergüenza, las sensaciones de no merecer, de no valer…; si podemos eliminar esos estados emocionales destructivos, empezamos a liberarnos, porque son estos estados emocionales los que nos impulsan a comportarnos como animales con grandes almacenes de recuerdos. ¿Cuál es el mayor ideal de mí mismo? ¿Qué puedo cambiar de mí mismo para ser mejor persona? ¿A quién en la historia admiro y qué quiero emular?
El conocimiento es lo que precede a la experiencia. Aprender una información es personalizarla y aplicarla. Debemos modificar nuestro comportamiento para poder tener una nueva experiencia que a su vez crea nuevas emociones. El conocimiento es para la mente; la experiencia, para el cuerpo. Tenemos que enseñar al cuerpo lo que la mente ha entendido intelectualmente. Si seguimos repitiendo esa experiencia, se archiva en un sistema nuevo en el cerebro, y eso permite pasar del pensar al hacer, al ser.
El siguiente paso es cambiar hábitos de comportamiento, tiene que haber acción.
El hábito más grande que tenemos que romper es el de ser nosotros mismos, porque la neurociencia y la psicología dicen que la personalidad ya está formada antes de los 35 años, eso significa que tenemos los circuitos hechos para poder enfrentarnos a cualquier situación y, por lo tanto, vamos a pensar, a sentir y actuar de la misma manera el resto de nuestros días. Pero los últimos estudios muestran que sí es posible cambiar la personalidad en todas las etapas de la vida, para eso hay que convertir el hábito inconsciente en algo consciente, llegar a tener conciencia de esos pensamientos y sentimientos inconscientes.
Mientras vamos aprendiendo nueva información y empezamos a pensarla, la contrastamos con nuestras creencias y la analizamos, estamos cambiando nuestro cableado, construyendo una nueva mente. Una vez que esa nueva mente está establecida, tenemos que empezar a pensar cómo mostrarla, y ahí entra el cuerpo. Cualquier proceso de cambio requiere el desaprender y el reaprender.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Nutrir los nervios

http://blogavet.blogspot.com.es

Vivir estresado agota las glándulas suprarrenales y disminuye progre­sivamente la adrenalina, noradrenalina, dopamina y serotonina. A la larga esto genera alteraciones nerviosas, debilita las defensas y acarrea un déficit de nutrientes por un excesivo consumo por parte del organismo. Si las carencias se prolongan, las lesiones pueden ser irreversibles.



Entre los nutrientes básicos para el sistema nervioso destacan:

Ácidos grasos omega 3. Es imprescindible el ácido docosa- hexaenoico (DHA), cuya carencia provoca hiperactividad, trastornos del aprendizaje y la concentración y disminución de las defensas.

Coenzima Q10. Esta molécula interviene en la generación y trans­ferencia de energía. El estrés, las deficiencias nutricionales y el enve­jecimiento reducen sus niveles.

Fosfatidilserina. Fundamental para las membranas neuronales. Sin este fosfolípido las neuronas no podrían producir, almacenar o enviar neurotransmisores. Ayuda a mejorar la memoria, la apatía y la introversión.

Glutamina. Aminoácido precur­sor de los neurotransmisores GABA y ácido glutámico. Favorece la acti­vidad mental y evita la acumulación de metales pesados en el cerebro, lo que reduce el riesgo de daño neuromuscular.

Magnesio. Es el mineral por excelencia para tratar el estrés y la fatiga. Modula la tensión muscular típica del estrés, modera la secre­ción de adrenalina y, por lo tanto, previene el agotamiento; y evita la acidosis metabólica que consume minerales alcalinos esenciales para el sistema nervioso. En la hiperac­tividad conviene asociarlo a zinc, cobre y manganeso, y en caso de fatiga y depresión, con cromo, pues las personas fatigadas suelen tener la glucemia alterada.
Extraído de: Revista Cuerpomente, n° 265

martes, 18 de octubre de 2016

COMO SANAR CON LOS DEDOS JIN SHIN JYUTSU ¡¡¡ARMONIZATE Y SIENTETE¡¡¡ POR PILAR BLANES

Pensar decir y hacer .LA COHERENCIA,es la mejor medicina para sintonizar con tu alma . Los 26 cierres energeticos de seguridad son las puertas que nos llevan a conocernos a nosotros mismos y nuestras manos son las llaves que abren las puertas de nuestra conciencia,llevandonos tan lejos como nos permitamos Pilar Blanes Terapeuta de 3B, JIN JSHIN JYUTSU, Técnica Aux. de Enfermería, PNL, Método Silva de control mental, Numerología, Mail: piblaba@hotmail.com

domingo, 16 de octubre de 2016

Agua de Rosas, remedio de Salud y Belleza



El agua de rosas es el producto que se obtiene de los pétalos de rosa, ampliamente conocido en la India, es considerada una poción mágica para el cuidado de nuestra belleza, pero también de la salud.

Agua de Rosas, remedio de Salud y Belleza 

Beneficios del Agua de Rosas

Quizás hayas escuchado de los beneficios de los pétalos de ests flores para nuestra piel, sin embargo, son muchos los usos que podemos darles a este producto.
Alivia la irritación: El agua de rosa tiene propiedades anti-inflamatorias naturales por lo que resulta útil para calmar la piel irritada sobretodo en situaciones de eczema, dermatitis e incluso el acné. El agua de rosas ayuda a mantener el equilibrio de aceites de las pieles grasosas.
Antioxidante: El agua de rosas es rica en flavonoides sustancias con propiedades antioxidantes que no sólo nos ayudan a mantener una piel sana y más joven sino a cuidar de nuestra salud en general.
Digestión: Consumir los pétalos de rosa en ensaladas o en forma de infusión, puede ayudarnos a mejorar nuestra digestión y prevenir el estreñimiento.
Astringente: Es ideal para conservar limpia y tonificada nuestra piel ayudando a limpiar los poros y refrescando nuestra piel.
Antibacteriana: Gracias a su actividad antibacterial es posible utilizar el agua de rosas para tratar pequeños cortes, úlceras y cicatrices.
Afecciones Respiratorias: La infusión de pétalos de rosa puede utilizarse para combatir los síntomas del resfriado y gripe.

Cuida de ti y de tu belleza con Agua de Rosas

Tener agua de rosas en tu hogar puede ser de mucha utilidad pues es posible aprovecharla en numerosos remedios.
Contra la ansiedad: El aroma de las rosas resulta relajante por lo que puede aprovecharse contra la ansiedad, además, el agua de rosas puedes rociarse sobre la almohada para logar conciliar un sueño más profundo por lo que puede emplearse para combatir el insomnio leve.
Para limpiar el rostro: El agua de rosas es excelente para mantener nuestro cutis limpio y tonificado, enjuaga tu rostro con agua de rosas después de tu rutina de limpieza, si además quieres favorecer que los poros de tu piel sean más finos puedes pasar un algodón con agua de rosas refrigerada al final.
Para ojos: Si sufres de ojeras o bolsas en los ojos, el agua de rosas puede ser un excelente aliado, deja enfriar un poco de agua de rosas y con ayuda de un algodón, aplícala en los ojos, de esta forma ayudarás a refrescar tus ojos y miradas.
Revitaliza tu cabello: El agua de rosas puede emplearse para hidratar el cabello, para disfrutar de sus beneficios mezcla agua de rosas y glicerina en partes iguales, aplica la mezcla en las puntas y después dispersa por el resto del cabello, deja actuar por 30 minutos y lava tu cabello con normalidad.
Contra la caspa: El agua de rosas puede ayudar a combatir la caspa, se recomienda aplicar en un suave masaje por el cuero cabelludo.
Desmaquillante natural: Si quieres desmaquillarte y al mismo tiempo nutrir tu piel, puedes utilizar agua de rosa con un par de gotas de aceite de almendras sobre un algodón para limpiar el maquillaje.
Contra el acné: Si quieres tratar los brotes de acné es posible utilizar el agua de rosas, mezclando una cucharada de agua de rosas con el zumo de medio limón fresco, y aplicamos en la piel problemática, dejamos actuar por media hora y retiramos con agua tibia, repetimos diariamente.

¿Cómo hacer agua de rosas?

El agua de rosa se encuentra disponible en tiendas naturistas con frecuencia, aunque también es ingrediente en productos cosméticos naturales, sin embargo, su obtención en casa es relativamente sencillo.
Para la elaboración del agua de rosa, es necesario contar con pétalos de rosa frescos y libres de químicos, por lo que es aconsejable que se traten de rosas cultivadas orgánicamente o bien rosas de tu jardín, recuerda que la variedad de rosas rojas y rosas son las que poseen una fragancia más intensa por lo general y se aconseja que recolectes los pétalos por la mañana ya que es cuando más propiedades posen.
Ingredientes:
  • 500 gramos de pétalos de rosa orgánicos
  • 500 ml de agua destilada
Preparación:
  1. En una cacerola colocamos el agua destilada y los pétalos de rosa, poniendo a fuego alto y esperamos a que suelte hervor.
  2. Una vez que comienza a hervir, vamos a tapar la cacerola y bajaremos el fuego al mínimo para hervir por 10 minutos, después de este tiempo transcurrido, apagamos el fuego y dejamos reposar sin destapar por alrededor de una hora.
  3. Con ayuda de un colador vaciaremos el agua de rosas en un recipiente preferentemente de vidrio con su tapa, dejando sólo pasar el agua y retirando los pétalos, cerramos bien y podemos guardarla en nuestro refrigerador, podemos desechar los pétalos.
  4. Su aroma es muy agradable y característicos y dentro del refrigerador puede tener una duración de hasta un mes.


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sábado, 15 de octubre de 2016

Si puede, no vaya al médico


Antoni Sitges Serra
Antonio Sitges-Serra
Catedrático de Cirugía (UAB)
http://www.elperiodico.com

Una visita al doctor, por si acaso, nos llevaría a hacernos angustiosas revisiones y análisis cada dos por tres


Si puede, no vaya al médico
FERRAN NADEU
Una sala de espera en el Hospital de Sant Pau.

Con este artículo cumplo 100 colaboraciones en EL PERIÓDICO.
Echando la vista atrás observo que una de las preocupaciones que más a menudo ha ocupado esta tribuna ha sido el advertir acerca de la medicalización de nuestra hipocondríaca sociedad. Medicalización que no queda restringida a la sobreprescripción de medicamentos, sino que abarca ámbitos tan diversos como la psiquiatrización de los estados de ánimo, la así llamada salud de la mujer, la promoción de enfermedades o la cirugía innecesaria. De modo que en este artículo del centenario les resumo algunas de mis reflexiones bajo el lema: si puede, no vaya al médico

No debe usted ir al médico si se encuentra bien porque si se encuentra bien sería raro que el médico le diagnostique algún desperfecto grave. Quiero decir que no es imprescindible que vaya usted al médico por si acaso porque si siguiésemos esta lógica estaríamos haciéndonos revisiones cada dos por tres, lo cual solo nos reportaría angustia y preocupaciones (¿a ver cómo salen los análisis?). Si usted se paga la revisión médica de su bolsillo o su empresa se la ofrece gratuitamente, sepa que se trata de un gasto inútil. Piense usted que, afortunadamente, en nuestro entorno la gente goza de excelente salud y la esperanza de vida en España, y en Catalunya en particular, está dentro de las cinco mejores del planeta. Por tanto, tranquilo, sobre todo si usted pone de su parte y come y bebe razonablemente, se ejercita con moderación y no fuma.

LOS 30 0 40 PARÁMETROS ANALÍTICOS

¿Que qué le puede pasar si va al médico encontrándose bien? Se lo explico. El facultativo le va a pedir una serie de pruebas por si acaso usted estuviera enfermo y no se hubiera enterado. Empezará con unos análisis de sangre que incluso usted le solicitará que sean muy completos. También una radiografía de tórax, un electrocardiograma y una ecografía abdominal por si acaso.
Pero sepa usted que cuantas más pruebas le hagan mayor es la probabilidad de que alguna de ellas no salga bien. Valgan como ejemplo estas flechitas que apuntan hacia arriba o hacia abajo impresas al lado de alguno de los 30 o 40 parámetros analíticos que le han determinado. Estas flechitas hacia arriba o hacia abajo dan muchos dolores de cabeza. En primer lugar a usted mismo que va a abrir el sobre que le entreguen en el laboratorio y pensará que algo grave está pasando: «¿Qué quiere decir esta flechita hacia arriba, doctor?» Si su médico es razonable y lo que pasa es que usted padece de 20 miligramos más de colesterol de lo que marca el límite alto de la normalidad (por cierto, cada vez más bajo) no pasará nada. Quizá le haga una recomendación dietética.
Si el médico quiere ir al fondo de la cuestión, le repetirá un análisis más completo o, directamente, le recetará una pastilla diaria. Usted se encuentra bien pero se está acercando peligrosamente a la posibilidad de estar enfermo ¡Cuidado! Si lo que ha sucedido es que sale un poco más alto de lo normal un marcador tumoral que le han pedido sin que usted lo sepa (y sin fundamento científico) prepárese. Al tanto si en lugar de una flechita indiscreta le encuentran a usted una sombra en una radiografía; lo más probable es que le aconsejen un escáner o una resonancia magnética, en las que tiene usted un 1-3% de posibilidades de que le detecten una anomalía anatómica que despierte el interés desmesurado del radiólogo y que quizá le lleve a una exploración más cruenta como una biopsia o una endoscopia por si acaso… ¡Cuidado!

LA CONVERSIÓN EN ENFERMO IMAGINARIO

Ya sé que los ricos se hacen muchos chequeos pero no ganan nada con ello. Más bien, al contrario: muchos se vuelven enfermos imaginarios y víctimas de las revisiones periódicas con las que los centros privados hacen negocios con el por si acaso. Sé de una joven de 42 años que perdió su timo innecesariamente –siéndole abierto el esternón de punta a punta– por si acaso tenía un tumor que no tenía (era un «timo grande», le dijeron). A otro no-paciente, un dermatólogo en precario (le biopsió innecesariamente un hematoma en un dedo que se había hecho pinchándose con un rosal por si acaso fuera un melanoma; 15 días de baja. Sé de otra no-paciente de 72 años perfectamente llevados, que tras una revisión ginecológica, que no debería haberse hecho, le aconsejaron una histerectomía y una cirugía en la mama por un cáncer mínimo. La pobre perdió innecesariamente la matriz tras dos intervenciones para olvidar y falleció por culpa de una quimioterapia injustificable que le propinó una oncóloga adicta a los protocolos.
Así que si usted se encuentra bien, cuídese y no vaya al médico. Tiene un ínfima posibilidad de padecer una enfermedad grave, y en cambio corre el riesgo de entrar en una espiral de violencia de análisis, radiografías y cirugía innecesarias. Se lo dice un médico.